Terremoto México 1985

CIUDAD DE MÉXICO, México, sep, 19.- El sismo del 19 de septiembre de 1985 tuvo intensidad de 8.1 grados en la escala Richter, equivalente a mil 114 bombas atómicas como las de Hiroshima. Duró dos minutos, tiempo suficiente para provocar la tragedia más grande jamás vista en México. 400 edificios públicos y privados fueron borrados del paisaje de la Ciudad, y mil 700 sufrieron daños parciales. Los cuerpos de emergencia no fueron suficientes para atender las llamadas de auxilio. Según las cifras oficiales el terremoto del 85 dejó un saldo de seis mil 500 muertos, aunque años después se reconoció que las cifras pudieron haber llegado a 20 mil muertos y 30 mil heridos, los daños materiales se calcularon en cuatro mil millones de dólares.

Un día como hoy, México se levanta con las noticias de siempre en los periódicos, la crisis económica de todos los días, Hugo Sánchez metiendo goles en España y el Mundial de Fútbol en camino a México. Un día como hoy, con el caos vial de una mañana fría que se volvió gélida. Cayeron edificios, callaron voces y despertó una nostalgia, más triste que nunca.

Son las siete de la mañana, abro los ojos y pienso en levantarme o no, me invade la flojera y me quedo en la cama mientras pasa. Enciendo el radio y la televisión, como todas las mañanas, sólo para ver qué hay. Decido quedarme tirado en la cama unos minutos más hasta que alguien venga y me obligue a levantarme.

Siete quince. Anuncian una canción de Rockdrigo González. Escucho a mi locutora favorita en el radio: “Hoy cumple un año de vida el periódico «La Jornada»”. Alguien me pide que me levante. Es temprano, pero yo ya hice planes para el día: pienso en la chica que me gusta y en qué le diré cuando me la tope; también pienso discutir algo con mi maestro o algún compañero (como siempre). A las siete diecinueve llegan a casa, después de que papá salió a trabajar, los repartidores del gas, pero de repente dejan de gritar para ofrecer sus tanques. Mi locutora dice que no pasa nada: “está temblando, pero conserven la calma”. Yo confío en ella.

Siete diecinueve de la mañana. Es el minuto más largo de mi vida. En la tele confirman que está temblando, pero que ya va a pasar (como si supieran cuánto dura un temblor o pudieran predecir el futuro). La cámara deja ver cómo se agita el estudio cuando se enoja la tierra.

Siete diecinueve de la mañana… aún. Se pierde la señal de la tele, también la de la radio y el minuto no acaba. No termina, es eterno, y sigue hasta dejar su legado en uno de los recuerdos más tristes de la ciudad. Siete veinte de la mañana, sigue el temblor. Desde mi recámara alcanzo a escuchar los gritos de horror de los vecinos y de la gente que está en la calle. Abrazo a mi papá para protegerme, pienso en la gente que quiero. No lo creía, pero es cierto, cuando sientes la muerte cerca, pasa toda tu vida por tu mente en sólo un instante.

Siete veintiuno. ¡Ya… ya pasó! por fin. Los gritos se callan, en las calles hay sólo un silencio arrollador. Ésta es la última vez que me doy cuenta de la hora, el reloj ya no me importa, y tampoco sirve. El sismo de 8.1 grados en la escala de Richter se convierte en un “antes y después de”. La señal de la tele se va por completo y creo que para siempre, mi locutora ha dejado de hablarme como lo hace todas las mañanas.

La clase con mi maestro se canceló, y creo que no lo volveré a ver (eso, aunque raro, no me alegra). Mis compañeros también se perdieron. No más música nueva de Rockdrigo (dicen que murió de una sobredosis de cemento, en ese momento no lo entendí). De pronto, una noticia buena. Papá sobrevivió, mis primos también; salieron por milagro de entre los muros de la escuela que se dejó venir abajo.

La tierra se tragó mucho de nosotros, y el Gobierno no supo qué hacer. La gente tomó la iniciativa. Palas para un lado, agua para otro, otra brigada en camino. Y en medio de la tragedia hubo milagros. Los topos, esos frágiles hombres que se volvieron los más fuertes al meterse, entre ruinas, en donde no cabía nadie más, los perros que encontraban más vida, Plácido Domingo levantando escombros en Tlatelolco; Jacobo Zabludovsky reportaba, desde un teléfono, que no creía lo que veía.

Después del terremoto, las noticias que llegaban a otros países anunciaban la desaparición de mi ciudad.

Un año después, la inauguración de la Copa Mundial de Fútbol “México 86” en el Estadio Azteca.  

Cuando me preguntan por una calle, ya no puedo decir que está “a un lado del Súperleche”, o “a un costado del hotel Regis”.

Hassy

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